METEOROS
Las Leónidas llegan a su máximo la noche del 17 al 18 de noviembre: un año tranquilo para la lluvia que en su día cayó como nieve
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En la noche del 17 al 18 de noviembre de 2026, poco antes de la medianoche UTC, la Tierra atraviesa el polvo del cometa 55P/Tempel-Tuttle y las Leónidas alcanzan su máximo. Este año serán discretas —una ZHR de unos 15 (la tasa horaria cenital, es decir, los meteoros que se verían con un cielo ideal; se explica más abajo)—, y el modelo de rastros de polvo publicado para 2026 no encuentra ninguno que vaya a aumentar la tasa de forma apreciable. Las condiciones, en cambio, son buenas: la Luna, en cuarto creciente, se pone antes de la medianoche en el hemisferio norte y una o dos horas después en el sur, y el radiante, el lugar del cielo del que parecen salir los meteoros, está alto en las últimas horas oscuras antes del alba. Y las Leónidas no son una lluvia cualquiera. Son las más rápidas de las grandes lluvias, chocan con la Tierra casi de frente y, una noche de 1833, hicieron que los meteoros dejaran de tenerse por un fenómeno meteorológico y pasaran a ser cosa de la astronomía. Este artículo cuenta cuándo y dónde mirar, por qué estos meteoros son tan rápidos, cómo fueron las tormentas de 1833, 1966 y 1999 y qué dicen los modelos sobre la próxima.
Cuándo: la noche del 17 al 18 de noviembre, sobre todo en las horas previas al alba
El máximo cae el 17 de noviembre de 2026, hacia las 23:45 UTC. Es el momento en que la Tierra cruza el plano de la órbita del cometa, y dos fuentes independientes coinciden en él: la cifra de la Organización Internacional de Meteoros (IMO) para el máximo y la órbita del cometa que da el sistema Horizons de la NASA ponen a la Tierra en el mismo punto, hasta la centésima de grado, que es la precisión con que lo da la IMO. Según un modelo del polvo de fondo de la lluvia, el máximo de ese polvo, poco marcado, llega unas ocho horas antes, hacia las 16:00 UTC. El máximo es tan amplio que la diferencia apenas importa: lo que cuenta es la noche del 17 al 18 de noviembre, estés donde estés.
La Luna no la va a estropear. Ese día está en cuarto creciente, con la mitad del disco iluminada. En las latitudes medias del hemisferio norte se pone a última hora de la noche, antes de que el radiante esté lo bastante alto para que se vean muchos meteoros; en el hemisferio sur se pone una o dos horas después de la medianoche. A partir de ahí no hay Luna hasta el alba, y la aplicación SkyFlux te dice a qué hora se pone donde tú estás.
A 59° N, por ejemplo, el radiante sale ya entrada la noche. Un par de horas después de la medianoche está a unos 28 grados de altura, hacia el este, y sigue subiendo el resto de la noche hasta unos 51 grados cuando empieza el crepúsculo astronómico y el cielo comienza a clarear. Así que allí las mejores horas son las tres últimas antes del alba: el radiante está alto, la Luna se puso hace rato y el cielo sigue completamente oscuro. La aplicación SkyFlux calcula las mejores horas para tus coordenadas.
| 59° N, noche del 17 al 18 de noviembre | altura del radiante |
|---|---|
| se pone la Luna | 10° |
| un par de horas después de la medianoche | 28° |
| dos horas más tarde | 43° |
| empieza el crepúsculo astronómico | 51° |
Si la noche del 17 al 18 de noviembre está nublada, la siguiente es una segunda oportunidad, aunque peor: para entonces, la actividad de fondo de la lluvia ha bajado más o menos a la cuarta parte de la del máximo (según el perfil de actividad que usa SkyFlux). Además, la Luna brilla más y se pone una hora y media más tarde, aproximadamente. Un modelo prevé algunos meteoros adicionales hacia las 02:50 UTC del 19 de noviembre, procedentes del polvo que el cometa soltó en 1699.
Un año tranquilo, pero ¿hasta qué punto?
Las Leónidas son famosas por sus tormentas, así que conviene ser claros sobre 2026: no se espera ni tormenta ni estallido. Mikhail Maslov, que calcula dónde está cada uno de los rastros de polvo antiguos del cometa, no ha encontrado para este año ningún encuentro importante con un rastro, y prevé que la lluvia proceda sobre todo de su polvo de fondo, muy disperso. Su cifra para el máximo es una ZHR, o tasa horaria cenital, de 15, y el catálogo de la IMO da la misma.
La ZHR es el número de meteoros que vería un observador en una hora con el radiante justo en el cenit, bajo un cielo perfectamente oscuro. En la práctica, nadie tiene esas condiciones. Si se recalcula para la altura real del radiante antes del alba a 59° N, la tasa queda en unos 10 meteoros por hora bajo un cielo muy oscuro, de 3 a 4 en el campo cerca de una ciudad y 1 o 2 en las afueras. Es un modelo, y conviene contar con un margen de error de un 50 %, por arriba o por abajo. No es un espectáculo. Es una buena madrugada, oscura y sin luna, con un meteoro cada pocos minutos si estás lo bastante lejos de las luces.
Dónde mirar: busca la Hoz y luego aparta la vista de ella
El radiante —el punto del que parecen salir los meteoros de la lluvia— está en la cabeza de Leo, el León, en una curva de estrellas con forma de signo de interrogación del revés que se conoce como la Hoz. La lluvia debe su nombre a Leo. La Hoz sirve también para distinguir una Leónida de un meteoro esporádico (uno que no pertenece a ninguna lluvia): prolonga hacia atrás el trazo de un meteoro y, si te lleva a la Hoz, era una Leónida.
Para ver la lluvia no hace falta mirar fijamente al radiante. Un meteoro que aparece cerca de él viene casi directo hacia ti, así que su trazo es corto; uno que aparece más lejos se acorta menos por efecto de la perspectiva y traza una línea más larga. Por eso la propia NASA aconseja no mirar al radiante. En el hemisferio norte, ponte de cara al este o al sureste, para tener el radiante delante, pero no fijes en él la vista: túmbate, mira hacia arriba y deja que tus ojos abarquen todo el cielo que puedan. Antes, dales hasta media hora para que se acostumbren a la oscuridad.
Por qué son tan rápidas: un choque frontal
Las Leónidas entran en la atmósfera a unos 71 kilómetros por segundo, la velocidad más alta de toda la lista de lluvias de la IMO. Son unos 255.000 km/h: bastaría para recorrer 100 kilómetros en menos de un segundo y medio.
La razón está en la órbita del cometa. El cometa 55P/Tempel-Tuttle y todo su polvo giran alrededor del Sol en sentido contrario al de la Tierra: la órbita está inclinada 162,5 grados, tanto que el cometa avanza al revés que los planetas, en lo que los astrónomos llaman una órbita retrógrada. La noche del máximo, la Tierra recorre su órbita a 30 km/s, y un grano de polvo del cometa que está a la misma distancia del Sol se mueve a unos 41 km/s en sentido casi opuesto. Como se encuentran casi de frente, las dos velocidades vienen a sumarse: unos 71 km/s. Una Leónida es un choque frontal.
Por eso, además, es una lluvia de madrugada. Durante las horas que siguen a la medianoche estás en la cara delantera de la Tierra, la que avanza de frente por la órbita, y el radiante de las Leónidas está a menos de diez grados del punto hacia el que se dirige la Tierra. El radiante sale ya entrada la noche y está en lo más alto en las últimas horas oscuras porque se encuentra casi exactamente en el camino de la Tierra.
Las partículas en sí son diminutas: la mayoría, más pequeñas que un grano de arena. Pero a esta velocidad, cada kilogramo de polvo lleva unos 2,5 gigajulios de energía, unas 600 veces la de un kilogramo de TNT, y unas cuatro veces la que lleva, por kilogramo, una Gemínida que llega a 35 km/s. Toda esa energía se gasta en lo alto de la atmósfera, y el trazo que ves es la luz que produce esa energía al liberarse; los meteoros más brillantes pueden dejar una tenue franja luminosa —una estela persistente— que sigue un rato en el cielo cuando el meteoro ya ha desaparecido.
El cometa que hay detrás: 55P/Tempel-Tuttle
El cuerpo progenitor de las Leónidas es el cometa 55P/Tempel-Tuttle, cuyo núcleo mide unos 3,6 kilómetros de diámetro. Lo descubrieron por separado Tempel, en 1865, y Tuttle, en 1866. Da la vuelta al Sol cada 33,2 años. Su último paso por el punto de la órbita más cercano al Sol fue el 28 de febrero de 1998, y su próximo regreso está previsto para el 20 de mayo de 2031.
Cada vez que el cometa se acerca al Sol, suelta polvo que se queda en su órbita formando un rastro estrecho y denso. Los rastros jóvenes siguen apretados y cerca del cometa, así que la Tierra suele encontrárselos en los pocos años que rodean cada regreso del cometa; por eso las tormentas de las Leónidas llegan en rachas separadas por unos 33 años. Pero no todos los regresos traen una. Que la Tierra atraviese la parte más densa de un rastro depende de cuánto lo haya desplazado, desde que se formó, la atracción de los planetas, sobre todo la de Júpiter. En 2026 el cometa está lejos del Sol y la Tierra no pasa por ninguna parte densa de sus rastros jóvenes: la lluvia estará formada sobre todo por polvo antiguo y disperso, con alguna pequeña aportación de unos pocos rastros.
1833: la noche en que empezó el estudio científico de los meteoros
Mucho antes de que nadie las entendiera, ya se habían visto tormentas de Leónidas. Astrónomos chinos y observadores de lo que hoy son Egipto e Italia dejaron constancia de una en el año 902. En 1799, Humboldt y Bonpland vieron otra desde Cumaná, en Venezuela: Humboldt escribió que durante cuatro horas cayeron, uno tras otro, miles de bólidos y estrellas fugaces, y Bonpland contó que no había en el cielo un trozo del ancho de tres lunas que no estuviera lleno de meteoros.
La noche del 12 al 13 de noviembre de 1833, la tormenta llegó al este de Norteamérica, con polvo que se había separado del cometa en 1800. En Boston se calculó que caían más o menos la mitad de meteoros que copos en una nevada corriente. A partir de la tasa que había cuando la tormenta se iba apagando, un cálculo de la época estimó el total en 240.000 meteoros visibles en nueve horas: una estimación, no un recuento, pero suficiente para hablar de decenas de miles por hora. Un vecino de Washington escribió en su diario que la gente estaba medio muerta de miedo.
Denison Olmsted, profesor en Yale, se fijó en algo que convirtió aquella noche en un hito para la ciencia. Los meteoros no caían al azar: todos salían de un mismo punto de Leo, y a medida que avanzaba la noche ese punto se desplazaba por el cielo junto con las estrellas. Algo que estuviera en la atmósfera se habría quedado quieto respecto al suelo y habría girado con la Tierra. Lo que acompañaba a las estrellas tenía que estar más allá de la atmósfera, en el espacio. Olmsted reunió los testimonios de observadores de América y Europa y expuso el razonamiento en el American Journal of Science en 1834. Así empezó el estudio de los meteoros como parte de la astronomía.
De 1866 a 1966: un cometa descubierto, una tormenta que no llegó y otra contada meteoro a meteoro
En 1866, el año en que Tuttle encontró el cometa, cayó otra tormenta sobre Europa. Se acababa de calcular que el periodo orbital del cometa era de unos 33 años, y en pocos meses los astrónomos vieron que la corriente de las Leónidas seguía la misma trayectoria. Las Leónidas y las Perseidas fueron así las dos primeras lluvias de meteoros que se asociaron a un cometa concreto.
Treinta y tres años después, todo el mundo esperaba que la tormenta volviera. En 1899, unos científicos de París llegaron a lanzar un globo con la astrónoma Dorothea Klumpke a bordo: nunca antes se habían vigilado los meteoros desde el aire. La tormenta no llegó.
Volvió en 1966, aunque no donde se había predicho. Algunos la habían anunciado sobre Europa, pero se desató sobre América. En Kitt Peak, en Arizona, un equipo dirigido por Dennis Milon contó 33 Leónidas en su primera hora. A las 11:54 UTC, unas tres horas y media después de empezar a contar, la tasa era de 40 meteoros por segundo, y se mantuvo cerca de esa cifra durante unos veinte minutos. Un análisis posterior de los registros de radar de aquella noche concluyó que el núcleo de la tormenta duró menos de media hora (la tasa se mantuvo por encima de la mitad de su máximo durante 23 minutos). Cómo expresar aquella noche en forma de ZHR sigue siendo objeto de discusión, y las estimaciones difieren en un factor de diez; lo que no admite duda es lo que se contó en la montaña.
¿Lo sabías?El polvo de la gran tormenta de 1966 se separó del cometa en 1899, justo el año en que todos esperaban una tormenta que no llegó. Treinta y tres años después, ese mismo rastro dio también la tormenta de 1999. El regreso del cometa que tanto decepcionó en 1899 había dejado el polvo de las dos tormentas siguientes.
| año | qué pasó |
|---|---|
| 902 | primera tormenta de Leónidas registrada: China, Egipto, Italia |
| 1799 | Humboldt en Venezuela: miles de meteoros durante cuatro horas |
| 1833 | este de Norteamérica; una estimación, 240.000 en nueve horas; polvo de 1800 |
| 1866 | tormenta sobre Europa; poco después, la lluvia se asocia al cometa |
| 1899 | esperada, y no llegó |
| 1966 | de 33 por hora a 40 por segundo en unas 3,5 h en Kitt Peak; polvo de 1899 |
| 1998 | bólidos brillantes unas 16 h antes de lo previsto; polvo de 1333 |
| 1999 | primera tormenta predicha correctamente por los modelos de rastros; polvo de 1899 |
| 2001 | dos tormentas en un mismo día, cada una con una ZHR de más de 1000 |
| 2002 | dos picos, con ZHR de unos 2350 y 2660, respectivamente: la última tormenta hasta ahora |

1998 y 1999: el Hubble se pone de espaldas y la Luna recibe impactos
A finales de los años noventa, lo que preocupaba eran las naves espaciales. Antes de la lluvia de 1998, los controladores giraron el telescopio espacial Hubble para que diera la espalda a la corriente durante diez horas, con los paneles solares de canto hacia ella, aunque calculaban que la probabilidad de un impacto era inferior a una entre diez mil. Ese año la lluvia trajo otra sorpresa: una racha de bólidos brillantes unas 16 horas antes del máximo previsto, procedentes de polvo soltado en 1333 y que desde entonces se mantiene agrupado por una resonancia 5:14 con Júpiter. El polvo da cinco vueltas al Sol mientras Júpiter da catorce, así que el tirón de Júpiter se repite siempre en el mismo lugar y mantiene el polvo apiñado en vez de dejar que se disperse.
La de 1999 fue la primera tormenta de Leónidas predicha correctamente gracias a modelos que calculan dónde está cada rastro de polvo antiguo. Los modelos dijeron cuándo se encontraría la Tierra con el rastro de 1899, y el 18 de noviembre, hacia las 02:00 UTC, así fue: una ZHR de varios miles, entre unos 3700 y 5000 según cómo se haga el recuento. Esta cifra, como las de las tormentas posteriores, es una ZHR, es decir, la tasa con el cielo ideal descrito más arriba. No es un recuento directo como el que hizo el equipo de Kitt Peak en 1966.
Aquella noche dejó además algo que nadie había visto antes. Las Leónidas no solo chocan con la Tierra: también chocan con la Luna, donde no hay nada que las frene. Observando la parte no iluminada de la cara visible de la Luna, un equipo dirigido por Ortiz registró cinco destellos breves, de menos de una cincuentava parte de segundo cada uno: los primeros destellos de impacto de meteoroides en la Luna confirmados sin ninguna duda.
La corriente volvió a dar tormentas en 2001 y 2002: en 2001, dos en un mismo día, una sobre América y otra sobre el este de Asia y Australia, cada una con una ZHR de más de 1000; y en 2002, dos picos con ZHR de unos 2350 y 2660, respectivamente. Desde entonces no ha habido ninguna más.
Desde los dos hemisferios, pero no por igual
El radiante de las Leónidas está 22 grados al norte del ecuador celeste, así que la lluvia se ve desde casi todo el mundo, aunque mejor desde el hemisferio norte. A 59° N, el radiante sube durante todas las horas oscuras y está a unos 51 grados de altura cuando empieza el crepúsculo astronómico; sigue subiendo hasta su punto más alto, 53 grados, cuando el cielo ya ha empezado a clarear de forma evidente.
En Sídney, Ciudad del Cabo, Buenos Aires o Santiago, a unos 34 grados de latitud sur, el radiante no pasa de unos 34 grados de altura, y solo los alcanza después de la salida del Sol, a plena luz del día. Cuando allí comienza el crepúsculo astronómico de la mañana, apenas se eleva unos 17 a 19 grados sobre el horizonte. Desde el sur se verán Leónidas, pero menos, en una ventana de oscuridad más corta y con el radiante bajo. Al sur de los 68 grados de latitud sur, el radiante no llega a salir nunca.
¿Cuándo será la próxima tormenta? Los modelos no se ponen de acuerdo
Se suele hablar de tormenta de meteoros a partir de una ZHR de 1000. El cometa vuelve en 2031, y es lógico buscarla en los años de alrededor; pero quienes modelizan los rastros no se ponen de acuerdo sobre lo que traerán.
Para 2027, el calendario de la IMO recoge varios posibles estallidos pequeños, cada uno con una ZHR máxima de entre 40 y 50, aproximadamente. Para principios de la década de 2030, los cálculos de Maslov dan años intensos, pero sin llegar a tormenta: una ZHR de hasta unos 400 en 2033, 500 en 2034 y 350 en 2035. Según él, la siguiente tormenta de verdad no llegará hasta 2094. Un estudio de Abe, difundido en agosto de 2026 y todavía sin revisión por pares, encuentra mucho más: una ZHR de unos 1400 en 2033, procedente del mismo rastro de 1899 que dio la tormenta de 1999, y en 2034, dos picos intensos, con ZHR de unos 1400 y 1200, respectivamente.
Así que, siendo sinceros, nadie puede prometer la próxima tormenta. Un modelo la sitúa dentro de siete años; otro, dentro de casi setenta. En lo que sí coinciden los modelos es en que los años en torno a 2033 serán mucho más activos de lo normal, y en que 2026 será un año corriente.
Por qué salir en un año tranquilo
Una ZHR de unos 15, y quizá diez meteoros por hora desde un lugar oscuro de verdad: eso es todo lo que promete 2026, así que, si vas acompañado, no prometas más de la cuenta. El riesgo mayor son las nubes: a mediados de noviembre el cielo suele estar cubierto en las latitudes del norte, así que consulta el pronóstico y guarda la segunda noche como reserva.
Aun así, un año tranquilo de esta lluvia merece que pongas el despertador de madrugada. La Luna no estorba, el radiante sube por un cielo completamente oscuro, y cada meteoro que ves es una de las cosas más rápidas que llegan nunca a la atmósfera: un grano de polvo de un cometa que pasó por última vez en 1998 y que choca de frente con la Tierra a 71 kilómetros por segundo. Estás viendo la misma corriente que cayó como nieve sobre Boston en 1833 y que en 1966 dio cuarenta meteoros por segundo sobre Arizona.
Si puedes, sal en las últimas horas oscuras antes del alba, a algún lugar lejos de las luces de la ciudad, y abrígate bien. En SkyFlux, la vista Lluvias de meteoros te da la altura y la dirección del radiante en tu propio cielo, la lista Lugares de cielo oscuro te dice cuánto tienes que alejarte, y el Diario del cielo anota por ti la fecha, el lugar y el estado del cielo cuando ves algo.
Fuentes y licencias
- Máximo, ZHR, velocidad y radiante — Calendario de lluvias de meteoros 2026 de la IMO (IMO INFO(3-25), ed. J. Rendtel), Leónidas y tabla 5 · web.archive.org/web/20260308033848/https://www.imo.net/files/meteor-shower/cal2026.pdf, copia archivada (Wayback Machine, 8 de marzo de 2026) · consultado el 16 de octubre de 2026
- Predicciones de rastros para 2026 y años posteriores — M. Maslov, Leonids 2026; Leonids 2021–2030; Leonids 1901–2100 summary · feraj.ru · consultado el 9 de octubre de 2026
- Órbita del cometa, Luna y Sol — NASA/JPL-Caltech, Horizons: 55P/Tempel-Tuttle, solución JPL#J985/69; salida y puesta de la Luna para 59,44° N, 24,75° E · consultado el 9 de octubre de 2026
- Horas, alturas del radiante y tasas esperadas — Calculado con astronomy-engine 2.1.19 (MIT) para un observador a 59,44° N / 24,75° E · SkyFlux
- Historia de las tormentas — Historia de la campaña Leonid MAC de NASA Ames (P. Jenniskens), copia archivada · NASA Science, Leonids · Linda Hall Library, Denison Olmsted · Asher 1999, MNRAS 307, 919 · Asher, Bailey y Emel’yanenko 1999, MNRAS 304, L53
- 1966 en Kitt Peak — McLean 1967, Communications of the Lunar and Planetary Laboratory, n.º 82 · Brown, Šimek y Jones 1997, A&A 322, 687
- 1998 y 1999 — NASA/STScI 1998, «Leonid Meteor Storm Won’t Deter Hubble» · Brown et al. 2002, PSS 50, 45 · Ortiz et al. 2000, Nature 405, 921
- 2001 y 2002 — Australian Bureau of Meteorology, Space Weather Services · IMO, Leonids 2002 (copia archivada)
- Tormentas futuras — S. Abe 2026, arXiv 2608.25456 (prepublicación, sin revisión por pares) · M. Maslov, Leonids 1901–2100 · calendario 2027 de la IMO
